El pasado mes de Abril cuando nuestro país y concretamente Madrid sufría una de las crisis Sanitaria más importante en las últimas décadas,  la Comisión Ejecutiva local de Fuencarral el Pardo decidió intentar hacer más ameno el confinamiento y los duros días que vivíamos, poniendo en marcha un Concurso de Microrrelatos abierto a todos los vecinos y militantes del distrito de Fuencarral el Pardo.

Os dejamos los tres Microrrelatos ganadores de este primer certamen, felicitando a todos los participantes y por supuesto dando nuestra especial enhorabuena a los 3 galardonados;

  •  Miguel Gomez Leal
  • Alba Mansilla
  • Fernando Ruiz Cerrado

 

                                                        Alba Mansilla

 

Nunca empecé a pintar porque se me daba mal, a pesar de que me gusta el arte. Me interesan las formas, la perspectiva y los colores o la ausencia de ellos, pero no entiendo de puntillismo, cubismo ni mucho menos de impresionismo. Me impuse a mí misma que no sabía de arte y de esa manera me arranqué el pincel de la mano sin haber llegado a mancharlo de pintura, porque no nací sabiendo de historia ni cuadros. Y como no conozco a Picasso ni la época de Kandinsky, pensé que estaba mal ponerme delante de un cuadro a sentir. Muchos museos después he entendido que tal vez no sepa mucho de arte y tampoco me haga falta, porque yo tampoco puedo ponerme límites a mí misma. Ni nadie, y mucho menos yo puede decirme qué me gusta o hacerme sentir inferior por ello, por no ser la mejor. Aprendí que no entiendo de muchas cosas y que soy yo la que decide si se adentra en ellas o no. Y sigo sin entender los cuadros, pero reconozco cuando algo me mueve por dentro.

 

                                    Contracorriente ; Miguel Gómez-Leal

Desde que nací he escuchado a mi padre decirnos que tenemos que resignarnos. He escuchado que la vida que teníamos era la que nos había tocado, porque el turismo mueve el mundo, y nadie lo va a cambiar. Entre kilos de basura, litros de gasóleo de los barcos, y un ruido incesante, aprendimos que esa debía ser nuestra casa. Una casa que nunca iba a estar limpia. Hoy, todo ha cambiado.

 

Desde luego estos días es cuando mejor se respira. No hay nadie que haga ruido ni nadie que venga a molestar. No tengo cruceros enormes atracando los puertos ni asaltando las tiendas. Se puede estar tranquilamente en la que siempre ha sido mi casa, porque que desde hace años los que pagaban unas pocas noches de hotel aquí, ya se pensaban que también era la suya. Puedo pasear, dejando que todo fluya, por debajo del Ponte Vecchio o escuchar asombrado las historias que me cuenta la paloma cuando se acerca a beber sobre cómo nada las molesta en la plaza San Marcos.

 

Hace un tiempo veía cómo mi casa se inundaba, y ahora observo como está seca de población mientras nado entre canales bañados de un azul celeste soñado. Me encanta poder reproducirme y alimentarme como mis abuelos me comentaban, porque pensé que jamás averiguaría cómo es eso de no captar gasolina por mis branquias y ver cómo el casco de las góndolas reconvierte en un hábitat perfecto para mis huevos.

 

Desde luego el coronavirus a vosotros os ha destrozado la vida, lo siento. Sin embargo, está salvando la nuestra.

 

 

 

                    La Vieja que decía Adiós a los Aviones- Fernando Ruiz Cerrato

 

Los chicos la llamábamos La Vieja que decía Adiós a los Aviones. Tenía el pelo cano y desgreñado, y su lento caminar, quizás debido al exceso de sus carnes, a unos pies planos o a su propia vejez, asemejaba el paso de un pato. Vivía la Vieja en un piso bajo de una casa de una sola planta en una calle sin empedrar, como la mayoría de las del barrio por entonces, allá mediados los cincuenta del pasado siglo. Vestía siempre de negro, pero no un negro lustroso o simplemente pulcro, no; era más bien un color oscuro indefinido que adivinaba acumulación de mugre. Su aspecto invariablemente serio y de mirada hosca nos infundía un inevitable recelo y nunca nos acercábamos a ella, observándola cautamente desde una cierta distancia.

 

Apenas sin detenernos, pasábamos por la puerta de su casa, elevada por un par de escalones sobre el ras del suelo y siempre abierta, o así al menos veíamos que estuviera cuando andábamos por allí, sin tan siquiera una cortina que velara su intimidad. Desde su umbral, entre la penumbra de un angosto pasillo de paredes desnudas, se apreciaba parte de una estancia apenas iluminada por una tenue luz proveniente de alguna lámpara o quinqué, pues que supiéramos ninguna ventana de la casa daba al exterior.

 

Las imágenes que recuerdo de ella me muestran a la Vieja siempre a la luz del día, detenida junto a su puerta o caminando despaciosamente al dirigirse a la esquina de la vivienda, desde donde se paraba a mirar a ninguna parte. Nunca coincidí con ella en la única y pequeña tienda de ultramarinos existente apenas a unos metros de su casa y muy cerca de la mía, establecimiento de los de entonces que vendían un poco de todo y al que de vez en cuando mi madre solía enviarme a comprar alguna cosa que a ella se la hubiera olvidado o le urgiera. Ni me crucé jamás con ella en el deambular por las calles de alrededor, pues no recuerdo, o al menos yo no lo supe, que saliera más allá de su entorno inmediato: desde su puerta a la esquina, desde la esquina a su puerta.

 

 

Vivía con la Vieja un hombre joven que a nuestros ojos bisoños, aún incapaces de valorar muchas cosas, nos parecía que tuviera más edad de la que en realidad debiera tener. De nombre Pepe, o así suponíamos que se llamaba porque nunca reclamó otro, sufría de alguna anormalidad mental evidente. Se decía que era un hijo de la Vieja, aunque nadie nunca supo aclarar con certeza la relación. A los chicos nos llamaba mucho la atención su andar desgarbado, sus brazos colgantes a lo largo de sus costados, su hablar indescifrable y, sobre todo, sus comportamientos extravagantes. En el declinar de la luz en tardes de buen tiempo, cuando salíamos a jugar al acabar el colegio, era común verle masturbarse apoyado en la pared de las traseras de alguna de las casas vecinas a la suya, frontera del barrio con un vasto descampado en el que no mucho tiempo atrás se libraron feroces combates entre bandos de una cruenta guerra civil, y al que los chicos íbamos a dar rienda suelta a nuestras aventuras, saltando por entre los hoyos causados por el impacto de obuses, ignorantes aún de que allí, en el confín del barrio de Usera, a la vera de donde vivíamos y jugábamos, se estableció durante muchos meses un brutal frente de guerra.

 

Más de todo ello, lo que por encima de cualquier otra consideración o anécdota nos llamaba más la atención de la Vieja era su inveterada costumbre de decir adiós a los aviones. Como una rutina, al igual que de una tradición inquebrantable se tratara, cada vez que oía el retumbar del sonido de un avión al surcar el espacio salía presta de su casa, bajaba los dos peldaños lo más

deprisa que podía, apoyándose al salir en el quicio de la puerta para no tropezar, y caminaba apresuradamente con su andar de pato los pocos metros que la separaban del esquinazo para, desde allí, sostenido en su mano derecha un pañuelo blanco, muy blanco, escudriñar el cielo hasta advertir en qué lugar del paño azul se encontraba el aparato, y así, una vez atisbado y fijada la vista en su vuelo, levantar el brazo y saludar el paso del avión haciendo agitar el pañuelo incansablemente hasta perderlo de vista. Una vez desaparecida la aeronave en el horizonte y silenciado el ruido de sus motores, la Vieja retornaba despaciosamente hacia su puerta.

 

Con la cabeza erguida, el gesto ceñudo, el pañuelo prensado en su mano cerrada, crispada quizás por algún dolor desconocido, subía la Vieja los dos escalones de la puerta y desde el umbral, apoyada la mano libre del pañuelo en el marco, vuelta de espaldas a la calle, giraba tan solo su cabeza para levantarla de nuevo al cielo, escudriñándolo con ojos acuosos, y al no ver nada más que alguna que otra fugaz golondrina, dirigirse lentamente hacia el interior, confundida la negrura de su oronda silueta con la oscuridad del pasillo hasta desaparecer.

Tiempo después, ya los chicos convertidos en jóvenes, supimos el motivo de ese decir adiós a los aviones. Un hijo suyo, el mejor o probablemente el único, había muerto en un accidente aéreo. No se trataba de un alto dignatario, aventurero o turista que obligado por sus quehaceres o deseos utilizara ese medio de transporte para sus desplazamientos. Tan sólo era un piloto de un caza de la República que defendía un Madrid sitiado de los incesantes bombardeos de los sitiadores. Y murió al ser derribado su aparato sobre el suelo de la capital de España. Desde entonces la Vieja decía adiós a los aviones, esperando un imposible regreso.